Cuando uno asume, entiende e interioriza que merece ser feliz, la vida se abre camino, los días orquestan nuevas oportunidades, las cerraduras se abren y los enemigos se convierten en estatuas de sal que el viento se lleva tras de sí. Nada puede detenernos cuando nos percibimos como merecedores de la alegría y nadie tiene voz ya para cercar de miedos nuestras voluntades.

Decía Emily Dickinson con gran acierto en sus poemas que las personas ignoramos nuestra propia altura hasta que nos ponemos de pie. Lo más curioso de todo ello es que a menudo es la propia educación, la sociedad y las personas de nuestro entorno quienes por lo general tienden a preferirnos sentados, sumisos, callados y obedientes.¿Quieres saber más? Haz clic abajo donde dice “Quiero Seguir Viendo”.