Luego de que conozcas la historia de por qué una mujer una caja de galletas a los pilotos del avión vas a quedar muy sorprendido y te aseguro que de ahora en adelante verás la vida de otra manera. Muchas veces solemos quejarnos y amargarnos por cosas muy insignificantes sin apreciar lo que tenemos alrededor.

La historia que te voy a contar trata sobre unos pilotos que recibieron una caja de galletas en muestra de agradecimiento por haber recibido a un niño en la cabina, lo que se enteraron después es increíble. Ahora mira hasta el final y descubre por ti misma por qué esta mujer les regaló la caja y qué decía la nota que les dejó.

La vida es una, aprende a admirarla y apreciarla.

Ser piloto es un trabajo que lleva una gran cantidad de presión ya que en sus manos se encuentran la vida muchas personas, pero también una de las mejores cosas que pueden hacer es cambiar alguna de las vidas de esas personas que aseguran poder llenarles de al menos un poco de alegría.

Chad es un piloto de avión que decidió contar una historia que le ocurrió un día que le dejo una de las grandes lecciones de vida.

Algunas veces, los regalos más importantes son involuntarios. Abordé la nave para revisar los mecanismos en fase de preparación para mi último vuelo del día, un pequeño salto de Atlanta a Macon.

Eran las 7.30 p. m. de la víspera de Navidad, pero en lugar de clavarle el tenedor al pavo de mi mamá, estaría muy ocupado transportando a otras personas para que se reunieran con sus familias. 

Más allá de los murmullos de los pasajeros, escuché un susurro detrás de mí. Miré de reojo. Justo en la puerta de la cabina de pilotos había un niño de unos nueve años, con una expresión muy natural, mirando fijamente el tablero de controles. Cuando lo vi, se dio media vuelta. ‘Espera’, lo llamé. ‘Ven aquí’.”

Este piloto sabía lo sorprendente que podía ser para un niño ver una cabina de controles, ya que el de pequeño sentía la misma pasión.

Una vez que el niño entró a la cabina y se encontraba observando todo a su alrededor, Chad saltó a presentarse, y le extendió la mano para saludarlo. El niño se presentó de igual manera como Sam.

El niño con asombro pregunta si Chad es el capitán del avión, cuando Sam le explica que lo es y que falta otro capitán, lo invita a sentarse en la silla de su compañero que se encuentra vacía.

El niño con mucha emoción y un poco de sorpresa y algo de pena se sentó en la silla. Sam le contó al capitán que venía con su familia de Memphis. Cuando el segundo capitán llegó Sam amablemente le devolvió su silla, y le dio el permiso de poder quedarse allí con ellos un rato más.

El capitán se encontraba revisando el clima, por lo que era el momento en el que Chad y Sam podían hacer todo para empezar el despegue. Sam estaba realmente sorprendido por esto ya que nunca había estado en el despegue de un avión.

Chad le permitió a Sam encender el botón del panel. Luego le pidió que encendiera las motos y además dejó entrar el combustible a la nave.

Sam estaba realmente feliz ya que jamás había hecho que un avión arrancara. El capitán y yo le deseamos una muy feliz navidad, y Sam, con pequeñas lágrimas en los ojos nos agradeció y fue hasta su asiento para prepararse para el vuelo.

Al otro día muy temprano, el día de Navidad, cuando entramos a la cabina para dirigirnos a Atlanta, uno de los agentes de la entrada se asomó y dijo:

‘Hey, chicos, la madre de un niño vino esta mañana. Quería asegurarse de que yo les diera las gracias por mostrarle a su hijo los controles ayer en la noche. Dijo que él no podía dejar de hablar sobre la cabina. Me dejó esto para ustedes’.

El agente de la puerta puso una lata roja en el centro del panel.

‘Bien, veamos’, dijo el capitán, y mordió una de las galletas de chocolate de la lata. Después abrió la nota que estaba pegada a la lata y la leyó en silencio.

La miró detenidamente y volteó a verme. ‘El niño tiene cáncer’, me dijo, y leyó la nota en voz alta:

Estimados señores,

Gracias por permitirle a Sam ver cómo trabajan. Sam padece cáncer y tiene que recibir quimioterapia en Memphis. Esta es la primera vez que ha estado en casa desde que empezó su tratamiento.

Lo llevamos al hospital en coche, pero como le encantan los aviones, decidimos volar a casa de regreso. No estoy segura de que algún día tome un avión nuevamente.
Su médico dijo que a Sam solo le quedan algunos meses de vida. Sam siempre ha soñado con ser piloto de aviones.

El vuelo que tomamos de Memphis a Atlanta fue muy emocionante para él. No sabía que volar en sus ‘pequeños’ aviones  podía ser tan divertido, pero ustedes dos, caballeros, le dieron el regalo más maravilloso de Navidad que jamás haya recibido. Durante algunos minutos su sueño se hizo realidad gracias a ustedes.

Los rayos del sol se reflejaban en la pista que teníamos delante.

Cuando volteé a ver a Jim, él seguía viendo la nota. Una auxiliar de vuelo vino a la cabina y dijo que los pasajeros estaban listos para el despegue.

Se llevó algunas galletas, y nosotros revisamos la lista de control. El capitán Jim carraspeó un poco y dijo en voz alta: ‘Iniciando número cuatro’.

Yo quería estar en casa con mis seres queridos y entregarles sus regalos de Navidad, pero el pequeño me enseñó que, algunas veces, los regalos más importantes los damos sin darnos cuenta y que los más valiosos los recibimos de gente desconocida”.

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