Hoy en día la sociedad es catalogada por estatus, para las personas es más importante saber que tiene en material la otra persona para saber si realmente vale o no, en vez de preocuparse por conocer los valores y cómo es el corazón.

Éste hombre es una gran inspiración para muchos padres y la sociedad en general porque a pesar de no tener hizo lo imposible para sacar adelante a sus hijas. Quédate hasta el final y presta mucha atención sin duda una gran historia.

Escondió el trabajo que hacía durante años para que sus hijas pudieran ir a la universidad.

Esta es una historia que habla del sacrificio y del auténtico amor de un padre que solamente desea es lo mejor para sus seres más preciados: sus hijas.

El relato que vas a leer ahora es verdaderamente enternecedor y refleja el sentimiento de muchos progenitores, cuando desean darles solo lo mejor a sus hijos.

Mas por las circunstancias que les han tocado vivir, no pueden, y deben resignarse a darles lo que su bolsillo les deja.

Idris es un hombre para el que no existen imposibles tratándose de proveer a sus hijas.

Pese a su pobreza extrema nunca renunció al sueño de ver transformada a su hija en una profesionista; fue con lo que trabajó a lo largo de años como limpiador de alcantarillas para conseguirlo. No obstante, para eludir que su familia se avergonzara, lo hizo siempre y en toda circunstancia en secreto.

El conocido fotógrafo de Bangladesh, GMB Akash, escuchó la historia y decidió buscar a Idris, quien el contó su historia a detalle.

Nunca le dije a mis hijas cuál era mi trabajo. Nunca quise que se sintieran avergonzadas por mi culpa. Cuando la más pequeña me preguntaba a qué me dedicaba, solía decirle de forma titubeante que era un obrero.

Antes de llegar a casa tomaba una ducha en baños públicos, de esa manera no dejaba pista del trabajo que hacía. Quería que mis hijas fueran a la escuela, que se educaran.

Quería que se pararan frente a las personas con dignidad, que nadie las mirara hacia abajo como lo hicieron conmigo. La gente siempre me humillaba.

Invertí cada centavo ganado en la educación de mis hijas. Nunca me compré una camisa nueva, usaba ese dinero para comprarles libros. Respeto era todo lo que quería ganar para mí. Era un limpiador.

El día anterior a la fecha de admisión de mi hija en la universidad, no podía costear su matrícula. No pude trabajar ese día. Me senté a un lado de la basura y traté de esconder mis lágrimas.

No tenía fuerzas para trabajar. Todos mis compañeros me miraban, pero ninguno se acercó a hablarme. Había fallado, tenía el corazón roto y ninguna idea de cómo le diría a mi hija que no podría pagar su colegiatura.

Nací pobre. Nada bueno le puede pasar a una persona pobre, creía. Después del trabajo, todos los trabajadores se acercaron a mí, se sentaron a un lado y me preguntaron si los consideraba hermanos.

Antes de que pudiera contestar, colocaron sus ganancias del día en mi mano. Cuando traté de rechazarlas, todos me enfrentaron y dijeron: ‘moriremos de hambre hoy si es necesario, pero nuestra hija tiene que ir a la universidad’. No supe qué responder. Ese día no me bañé. Llegué a casa como un limpiador.

Mi hija está a punto de terminar la universidad. Tres de ellas ya no me dejan trabajar. Mi hija consiguió un trabajo de medio tiempo y las otras tres dan asesorías. Regularmente, mi hija universitaria me lleva a mi lugar de trabajo. Alimenta a mis compañeros.

Ellos ríen y le preguntan por qué lo hace. Ella respondió: ‘Ustedes no comieron aquel día y así pude convertirme en lo que soy ahora; recen por mí para que pueda alimentarlos cada día’.

Ahora ya no me siento un pobre. ¡Quién con hijas así podría serlo!”

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Vía: viralistas