Después de que conozcas la historia de este joven te darás cuenta que en el mundo es indignante que aún estén pasando este tipo de cosas, donde no haya alguien que regule el maltrato infantil y el bulliyng, luego de que conozcas los detalles me darás la razón.

La historia que te voy a contar a continuación trata sobre un chico llamado Alejandro de solo 12 años, que debido a una serie de situaciones que está pasando ha decidido querer quitarse la vida. Ahora mira hasta el final y sé testigo de los abusos que pueden pasar los chicos a esa edad.

Alejandro, Un Niño De 12 Años Que Por Sufrir De Bullying Al Parecer Ya No Tiene Ganas De Seguir En Este Mundo.

Alejandro es solo un niño de 12 años y ya no tiene ganas de vivir, encerrado en una profunda depresión desde que a principios de curso fuera agredido nuevamente en el instituto Rosa Navarro de Olula del Río (Almería) por un grupo de menores que le acosa desde que tenía ocho años.

Inmaculada Rivas, su madre, cuenta entre lágrimas que desde entonces Alejandro, quien ha dejado de ir a clase, “ha caído en picado”, vive encerrado en su habitación, sufre insomnio, constantes pesadillas, apenas come y es medicado con ansiolíticos y antidepresivos.

Los informes de la psiquiatra, en cuya consulta el niño no cesa de llorar, llegan a advertir de “riesgo autolítico” y estiman que el menor no puede acudir al instituto en su estado depresivo “por esta situación de acoso escolar”.

Y resaltan sus “sentimientos de desprotección e indefensión”, así como su “ansiedad” y su situación de “fragilidad y vulnerabilidad”.

La madre también tiene muy claro que su hijo no volverá al instituto mientras sus acosadores sigan en él, y hasta que la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía y el instituto actúen de una vez por todas de forma enérgica contra el acoso en el centro, puesto que, tras conocerse su caso,

Otras dos madres han dado a conocer sendas denuncias por situaciones similares hacia sus hijos en el mismo centro, e incluso una de las víctimas fue grabada cuando era sometido a una salvaje agresión sexual en los aseos de un local público -no el instituto- por parte de dos compañeros de estudios.

Inmaculada nos explica todo lo sucedido en el salón de su casa. Las paredes están repletas de fotografías familiares, algunas de solo meses atrás, en las que aparece un Alejandro sonriente, lleno de vida y de mirada inteligente, por mucho que cuando cumplió ocho años se le diagnosticara una leve discapacidad intelectual.

Tras la conversación con los padres, conocemos al niño, que no parece sino la sombra de quien se mostraba en esas fotografías.

Alejandro tiene que ser ayudado por su madre para caminar, y llega muy lentamente, arrastrando las zapatillas por el pasillo.

Aunque nos tiende la mano, su mirada parece perdida, en otro mundo, y ni siquiera es capaz de articular una sola palabra antes de abrazarse a su madre, en busca de protección.

Los episodios de acoso escolar contra él comenzaron cuando se le diagnosticó su retraso y se conoció en el colegio Antonio Relaño, en tercero de Primaria.

“Primero empezaron a quitarle material escolar, luego llegaron las agresiones por parte de este grupo de niños, que a lo largo del tiempo han podido ser hasta una quincena, aunque los cabecillas son cinco”, explica Inmaculada.

Como el acoso no cesaba, decidió cambiarle de centro a los 10 años, al Colegio Trina Rull, donde no tuvo ningún problema.

“Allí le fue estupendo”.Sin embargo, el pasado febrero, en el último año del colegio, Alejandro se encontró en la calle con algunos de los acosadores, que la emprendieron “a patadas en el estómago y puñetazos en la cabeza”.

Ya desde entonces empezó a encerrarse en sí mismo, tenía un pánico atroz a salir a la calle, y dejó de jugar al tenis, que tanto le gustaba.

“A partir de esa agresión empezó a decir que quería repetir curso en el colegio, pues tenía un pánico horrible a ir al instituto, donde pensaba que le esperaba esta pandilla”.

“Cuando estaba próximo el fin de curso, y ante su inminente llegada al instituto, donde ya estaban los acosadores, la mayoría un año mayores que él, empezó nuestra lucha, porque sabía que podrían repetirse las agresiones”.

Ante esta posibilidad, Inmaculada y su marido, Jesús, se reunieron con los responsables del instituto y les expusieron sus miedos.

“Nos dijeron que no nos preocupásemos, nos garantizaron que estarían vigilantes y que evitarían por todos los medios el contacto de mi hijo con los acosadores”.

El primer día de clase en Primero de ESO, Alejandro realizó, como todos sus compañeros, un test de toma de contacto, para que su tutor pudiera empezar a conocer a los alumnos.

¿Qué es lo que más te preocupa en este momento?, decía una de las preguntas. Él escribió:

“El acoso escolar, que se vuelvan a meter conmigo, que me insulten y que me peguen”.

También advertía, a continuación, que no quería “estar en la misma clase con quienes me insultaron y pegaron”. En este test, el muchacho se definía a sí mismo como tímido, pacífico, tranquilo, responsable, trabajador, obediente y sociable.

Mas sus miedos se confirmaron solo un par de días después, cuando fue víctima de una primera agresión en el gimnasio.

Y al día después, en clase, “fue salvajemente golpeado, esta vez por el líder de los hostigadores, que le cogió del cuello y le empujó contra la pared, ocasionándole una grave contractura lumbar y una lesión cervical, y merced a que una profesora pudo intervenir”.

Es más, Alejandro contó a sus progenitores que en su clase se hallaban 3 de los presuntos maltratadores, pese a las promesas de los responsables del centro.

Una vez que el directivo del instituto, Agustín Iglesias, “no pudo asegurar que los hostigadores prosiguieran en el instituto”, Inmaculada y Jesús decidieron que Alejandro no volvería a clase.

Y además de esto presentaron una demanda frente a la Guarda Civil, y más tarde frente al Defensor del Menor.

En el instante en que los agentes le tomaron declaración, no pudieron dejar de sorprenderse cuando el pequeño agredido les preguntó “¿Yo soy malo?” Uno de sus informes psiquiátricos asimismo advierte:

“Se siente que es el malo, de ahí que le pegan, y además de esto los profesores no hacen nada”.”Alejandro se siente culpable, después de ser tan machacado”, expone Inmaculada, quien exclama, desesperada:

“¿Puede haber algo peor para una madre que saber que tu hijo no desea vivir?”

Su demanda fue archivada, si bien tras hacerse pública, mediante La Región Noticias, un diario digital del Almanzora almeriense, otras 2 madres se atrevieron asimismo a dar a conocer el acoso sufrido por sus hijos, e inclusive alertan de que hay más pequeños agredidos cuyos progenitores no han presentado demanda.

Las 3 madres han acudido de forma conjunta al letrado Juan Padilla, quien ahora pretende que la Fiscalía reactive los procedimientos, para lo que aportará nuevas pruebas, como testimonios de testigos, fotografías de las agresiones de estos nuevos casos, de mucha gravedad, como ha podido estimar este diario,

como el vídeo de la brutal agresión sexual a una de las víctimas por otros menores que estudian en el instituto, y que ha llegado a propagarse entre los escolares mediante las redes sociales.

Además de esto, la víctima se ve ahora obligada a encontrarse día a día con sus atacantes en el centro escolar.

Las madres son durísimas con respecto a la “pasividad” probada por Educación y el instituto ante hechos tan graves.

EL MUNDO se ha puesto en contacto con el instituto, que ha informado de que ha activado el protocolo para casos de acoso y que se han tomado diferentes medidas con respecto a los atacantes y agredidos, como la expulsión a lo largo de un mes de uno de los presuntos hostigadores.

Los responsables del centro estiman que se han puesto en marcha los procedimientos convenientes, destacan que ha intervenido la Inspección y, por el momento, no creen preciso que los atacantes sean trasladados de centro, salvo que un juez dicte una orden de distanciamiento, por servirnos de un ejemplo.

El letrado de las familias solicitará asimismo, exactamente, que se dicte dicha orden contra uno de los atacantes, pues conforme afirma ya tiene catorce años.

Del mismo modo, proseguirá demandando que los hostigadores sean trasladados a otro centro.

Juan Padilla, como sus representadas, manifiesta que su pretensión es “llegar hasta el final” y asevera que “los protocolos aparentemente puestos en marcha por el centro han fallado claramente”.

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