¿Es usted de los que siempre pospone todo?, ¿Desde una simple tarea hasta sus metas y sueños personales?, Una persona perezosa no es digna de aprobación por el sistema social, Pues aunque suene trillado, es hora de que aplique el refrán “no deje para mañana lo que pueda hacer hoy”. Las principales trabas que hacen que usted deje todo para “mañana” son la pereza y el miedo.

Lo Bueno de este artículo y lo leas hasta el final, sabrás definir si tu pereza es por miedo a alguna situación en particular, y lo mas importante de todo es que podrás estar bien contigo mismo para así formar parte del grupo de personas que han superado el tema de ser perezoso y enfrentar con los miedos que conlleva tal o cual situación, que origina tal estado emocional y ademas nos deja mal parado ante un sistema social, que todo lo censura. ¿Quieres saber más? Haz clic abajo donde dice “Quiero Seguir Viendo”.

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La pereza suponía un ahorro energético, pues no siempre había acceso a los nutrientes. Así, dejarnos gobernar por ella en determinados momentos podía ser una medida bastante acertada en aras de nuestra supervivencia. Actualmente esta desidia ya no es tan útil, pero aun así muchos de nosotros seguimos desarrollándola para posteriormente sentirnos culpables.

La sociedad nos ha inculcado la idea de que ser perezosos, vagos o remolones nos convierte en medio hombres, en seres inferiores que se merecen las críticas y la miradas despectivas del resto del grupo social. Es por ello que luego no sentimos culpables y no por el hecho de que flojear de vez en cuando sea algo tan malo como se nos pretende hacer ver.

Cuando usamos la pereza para justificar nuestros miedos

Muchas veces creemos sentirnos perezosos y dejamos de realizar ciertas actividades que nosotros mismos habíamos decidido emprender.

Nos justificamos diciéndonos a nosotros mismos que lo haremos en otro momento en el que nos encontremos con más ganas o energía. Sin embargo, finalmente nos damos cuenta de que esto no va a ocurrir.

Los miedos pueden enmascararse de numerosas maneras y la pereza suele ser una de las máscaras favoritas del temor a realizar algo y que no nos salga de forma perfecta, o bien de emprender lo que teníamos pendiente y que quizás no sea aprobado por nuestro entorno.

En este sentido, la pereza actúa como una herramienta de huida de la realidad.

Y es que la pereza llama a la pereza. Es decir, cuanto más caso le hacemos a ese estado de indolencia, más desganados nos sentiremos y menos fuerza de voluntad tendremos para salir de la inactividad.

Esto repercutirá negativamente en nuestros miedos, que crecerán con más fuerza, agarrados a la racionalización de “lo haré mañana” o “cuando tenga ganas y motivación”.

Es por esta razón que es tan importante identificar si de verdad nos apetece parar un poco, quitarnos exigencias y obligaciones autoimpuestas y retomar nuestra homeostasis interna o es que tenemos miedo de emprender cosas que sabemos que son importantes para nosotros.

Activación lejos de obligaciones

Dejar de mantener la pereza no quiere decir que nos pasemos al extremo opuesto y empecemos a llenar nuestra agenda de obligaciones innecesarias. Es más, cargar con tantas obligaciones puede incrementar de tal modo la fuerza de la pereza que termine venciéndonos cuando menos nos gustaría.

Para ello, si que es conveniente abandonar el sofá y la televisión, que nos anclan en la inacción más profunda y no nos ayudan ni a sentirnos plenos ni autorrealizados. Lo ideal sería usar esa pereza para emprender acciones de ocio.

El ocio no es lo mismo que la pereza. Los romanos introdujeron este término para diferenciarlo del negocio -la negación del ocio, es decir aquello que se realiza para obtener ingresos y poder vivir-. Con el ocio, la persona realiza aquellas actividades que le agradan de forma profunda, aquello que más innatamente lleva en su interior.

La pereza, por su parte, se entiende más como no llevar a cabo ni actividades de negocio ni de ocio y por lo tanto siembra la semilla de la dejadez, el cansancio sostenido e incluso de la depresión ya que no produce más retroalimentación que la culpa.

Por ello, lo más conveniente es mantenernos siempre en el punto medio, que como decía Aristóteles, es donde está la virtud: no dejarnos llevar por las obligaciones absolutistas de nuestra era ni tampoco abandonar nuestro yo a la desidia.

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